No sé si tengo algo interesante que decir o no, pero aquí tenéis una cita semanal (o casi) con mis noticias de este mundo y los demás. Espero que os interesen. Y a mí.
Estoy decidido a abandonar una temporada el malrollismo que me ha invadido últimamente, y por lo tanto voy a dejar en la recámara algún episodio que tenía preparado para seguir arremetiendo contra nuestra alegre caterva de politicastros (uy, perdón, se me ha escapado...). Así que voy a empezar con una pequeña lista de, sí, lo habéis adivinado, cosas que molan:
-La perspectiva, si no se tuerce mucho la cosa, de visitar Barcelona varias veces este año.
-Mafia wars y Pokerstars. Qué vicio...
-La colección en dvd de Los Simpson, con sus cajas tan bien presentadas, su porrón de extras y sus regalillos, como el poster de conmemoración de los veinte años de la serie que viene en la décima temporada.
-Parece que por fin se aproxima la inauguración de la nueva temporada de... helados...
-Ver episodios nuevos de The big bang theory, El séquito y Cómo conocí a vuestra madre.
-La radio. Nos quedamos sin Lo que yo te diga, pero nos quedan La parroquia del Monaguillo en Onda Cero (menos cuando llama algún pesao) y Carrusel deportivo en la SER (menos cuando ellos se ponen pesaos). Ay, si no fuera por esos ratillos...
-El baloncesto que se nos viene encima: la fase final de la Euroliga (la Copa Europa no la menciono porque como no la retransmite ningún canal nacional... grrrr...), los play-offs de ACB y NBA, la gira veraniega de España que incluye partidazo contra USA, el Mundial de Turquía y el Barça-Lakers de pretemporada... ñam, ñam...
-Twitter. Una red social verdaderamente eficiente donde las noticias corren como la pólvora y la actividad también.
-Poder seguir diciendo a mi edad cosas como "mola" y "guay" a pesar de que ya no estemos en los 80 y de que algun@ piense: "anda que este...".
Esto es todo desde el país feliz, en la casa de gominola de la calle de la piruleta.
El hombre mágico.
Shiny happy people laughing Meet me in the crowd People people Throw your love around Love me love me Take it into town Happy happy Put it in the ground Where the flowers grow Gold and silver shine. REM. Shiny happy people.
¿Os he mencionado alguna vez el negocio en estas líneas? Sí, hombre, esa teoría mía de que, en resumidas cuentas, hoy en día, salvo contadísimas ocasiones, todo se hace por y para conseguir dinero... Bien, pues últimamente me he encontrado algún que otro caso, digamos, pintoresco, que merece la pena comentar:
El primero lo podríamos denominar "negocio pillín". Al principio de esta temporada oímos que a Lebron James se le había ocurrido pedir a la NBA que retirase el número 23 de la camiseta de todos los equipos de la competición en honor al gran Michael Jordan, que sin duda se merece un gran homenaje por engrandecer el baloncesto de la manera que lo hizo. Como nadie le hizo mucho caso y el tema se quedó en anécdota, James ha vuelto al ataque anunciando que quiere, él, a título personal, cambiar su dorsal 23 por el 6, en homenaje al grande entre los grandes. Como quiera que ya hemos vivido algún que otro cambio de número, como el de Kobe Bryant, que pasó del 8 al 24, algunos (yo) pensamos que a lo mejor a quien quiere homenajear el señor James es, más que nada, a su cuenta corriente. Malpensados...
Segundo caso: negocio consumado. Este año no he dedicado un episodio a la ceremonia de los Oscars, como hice el pasado, porque me pareció simple y llanamente un petardo. Y tengo la impresión de que, más que por su calidad, que no le falta, En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008), la película ganadora pasará a la historia por arrebatarle tal honor al artista anteriormente autodenominado Rey del mundo. Cada año, los entendidos se cansan de afirmar que los Oscars son los premios de la industria, y bajo esa lógica, Avatar debería haber ganado. Sin embargo, ¿cómo iba a beneficiar un premio a una peli que ya llevaba 700 millones de dólares sólo en Estados Unidos? Desde el punto de vista malpensadamente económico, está mucho mejor dárselo a una película baratita que, sin embargo, en su paso por los cines, no llegó a recuperar el dinero invertido, y así reiniciar su carrera comercial en las salas. Por el contrario, desde el punto de vista cinematográfico, el que más me interesa particularmente, cabría considerar que Avatar es una película meramente técnica y se merecía ni más ni menos que lo que se llevó: efectos visuales, fotografía y dirección artística. Su guión estaba demasiado, ejem, relacionado con otras películas ya vistas (Bailando con lobos, ¡Pocahontas!), y sus interpretaciones son un tanto... uhm... azules... Como anécdota, no ha faltado quien se ha quejado amargamente (otra vez) del conservadurismo de Hollywood al premiar una película de factura tradicional y no atreverse con una obra tan tecnológicamente arriesgada e innovadora.
Y el último caso podría llamarse negocio profundo. No por su importancia, sino porque ha tenido lugar en la España profunda en la que me hallo. Y además, está relacionado con la afortunada ganadora del Oscar a la mejor película, estrenada diez días antes de la ceremonia en los multicines más pequeños de una ciudad ya de por sí pequeña y relegada como curiosidad poco menos que de arte y ensayo a la sala más pequeña. Ahí la vi yo y ahí reposó En tierra hostil hasta que, oh, milagro, media docena de Oscars después, la cinta aterrizó en la sala más grande del complejo, esperando (rogando, me atrevería a decir) que la fanfarria hollywoodiense atrayera a los que no se hubiesen pasado aún a verla o a los que, de no ser por su repentina fama, ni siquiera se habrían planteado hacerlo.
Ay, el negocio...
The best things in life are free But you can keep 'em for the birds and bees. Now gimme money (that's what I want) That's what I want (that's what I want) That's what I want (that's what I want), oh-yeh, That's what I want. The Beatles. Money.
Lo sé. Un mes. Demasiado tiempo. Pero he estado ocupado. Ocupado intentando ordenar las ideas para reflejar el cabreo que tengo con la situación que vivimos en un episodio de esta serie y que, si es posible, no fuese un rollo macabeo.
Intentando comprender por qué un diaro de tirada nacional califica a Michael Foot en su obituario como "el peor líder laborista de la historia" y lo tilda en letras grandes de "pusilánime y desaliñado".
Por qué un supuesto artista comprometido y progresista adorna la muerte de Orlando Zapata llamándole terrorista para a continuación añadir que lamenta su muerte, como la de todas las personas. Supongo que un intento de quedar mal con todo el mundo.
Por qué varios colegas del anterior se molestan en sacar un manifiesto apoyándole ante las reacciones que provocan dichas declaraciones. ¿Habrían hecho lo mismo si alguien hubiese hablado en esos términos de, pongamos, un antiguo adalid del comunismo?
Por qué, de repente, veinticinco años después de Live Aid, un evento que se supone sirvió para unir al mundo por una causa e intentar aliviar desigualdades e injusticias, se pone en solfa publicándose que el promotor de tal evento se quedó con la pasta, y con la que no se pudo quedar, fue a parar a la guerrilla para matar a más gente.
Por qué una persona que supuestamente es la alternativa al sistema bipartidista establecido y que además tiene como base de su ideario la unidad de España, la caga de forma tan estúpida insultando a todo un pueblo. Algunos aún estamos esperando el más mínimo resquicio de rectificación o disculpa.
Por qué, se hable del tema del que se hable, hay expertos que afirman con rotundos argumentos una cosa, y expertos que afirman con rotundos argumentos exactamenten lo contrario.
Por qué los políticos están demasiado ocupados en sus cosas, generalmente peleándose con los del otro partido, o entre sí mismos, como para ocuparse de los ciudadanos que les votan y les ponen en sus pedestales.
Por qué siempre todo es culpa de otro, por qué ya no se puede creer en nada sin ser tachado de esto o de lo otro, por qué los medios de comunicación se han vendido tan descaradamente a los focos de influencia políticos.
Y como no se me ha ocurrido nada, he decidido pasar del tema.
Buenas noches.
I feel the weight of the world on my shoulder As I'm getting older y'all people get colder Most of us only care about money makin Selfishness got us followin the wrong direction Wrong information always shown by the media Negative images is the main criteria Black eyed peas. Where is the love?
Varios incidentes aparentemente inconexos llevan a que este episodio esté dedicado al cine español: su omnipresencia en los medios, una discusión familiar, la temporada de premios y un capítulo de Friends. Procedamos.
Hablar de cine español ahora mismo es como contar uno de aquellos viejos chistes de "tengo dos noticias, una buena y otra mala". Por un lado, ha sido uno de los mejores años en taquilla, gracias a películas como Celda 211, Ágora o Planet 51. Por otro, ha sido un annus horribilis de polémicas por posibles fraudes en la producción, las leyes audiovisuales, del cine catalán, las ayudas de la UE... Ambas caras de la misma moneda le han hecho ocupar muchos minutos en los telediarios y muchas páginas en los periódicos, hasta el desconcertante punto de que, en ciertos momentos, parecía que nuestro cine era un enfermo con una salud de hierro.
Viendo uno de esos telediarios, durante una comida, comprobé descorazonado cómo hay gente a la que el cine español, no es que no le guste, sino que directamente le trae sin cuidado. Vamos, quen no perdería el sueño si no se hiciese una sola película española más. Y eso es muy preocupante. El cine es un signo de la cultura de un país, y un país sin cine es un país gris, apático, insignificante. Que para algunos las películas españolas y sus responsables despidan una imagen rancia, vulgar, de peleles de fama inmerecida y de chupópteros que sólo se mueven si les dan una subvención es algo que debe ser reparado de inmediato, en primer lugar, conminando a estas personas a que vean películas españolas, porque llevan años, décadas, sin verlas, y en segundo lugar, realizando una operación de chapa y pintura a la cinematografía nacional.
No parece un secreto que la imagen del cine español ha evolucionado desde el costumbrismo ligero, sólo crítico desde la metáfora (Bardem, Berlanga), a la españolada pura y dura de comedias con suecas y folclóricas (imposible de olvidar gracias a Cine de barrio), al cine de tetas y culos de la transición (ay, Ozores, cuánto daño has hecho) y de ahí al de travelos y yonquis de los 80 con el hoy respetadísimo Almodóvar a la cabeza, todo ello regado con algún que otro dramón bien espesito. Moraleja, los espectadores han tendido a huír de él como de la peste, ingiriendo a cambio, todo tipo de productos hollywoodienses, ya fueran buenos, regulares, malos o, directamente, infectos. Americanos, os recibimos con alegría. Llegan, por fin, en los 90 una serie de directores como Amenábar, Fesser, Médem, De la Iglesia, Díaz Yanes, León de Aranoa... y parece que la cosa empieza a cambiar un poco. Los números siguen sin cuadrar, pero el cine español va asomando. Y todo ello nos conduce al día de hoy, en el que varios de estos directores se han codeado en sus proyectos con las estrellas y en el que cada vez más intérpretes se aventuran a compaginar lo de dentro con lo de fuera. Aunque muchos sigan sin resignarse a que igual las películas españolas no están tan mal. Entre otras cosas porque se dejan de hacer solamente dramas superintensos y comedias facilonas y se comienza a hacer terror, ciencia ficción, policíaco y, en general, algo más del gusto de la calle.
Más reciéntemente aún, con el anuncio de las nominaciones a los Oscars de este año, me puse a hacer un repaso por las películas oscarizadas de esta década, llegando a la triste conclusión de que, al contrario de lo que sucedió con las de la pasada, muy pocas van a pasar a la historia del cine o a ser recordadas como grandes películas, no pasando de la categoría de "buena". Este estancamiento del cine norteamericano contrasta con la cada vez mayor calidad del cine patrio.
Y, por fin, la ceremonia de entrega de los Goya que tuvo lugar el domingo. Amén de ser la mejor que yo haya visto nunca (durante varios años dejé de verla para no mosquearme), me impactó de verdad el discurso del presidente de la Academia, Álex de la Iglesia. Un discurso sustancioso y que sonaba sincero, tanto que incluso podía llegar a ser sospechoso para los más suspicaces. En él, invitaba a los profesionales a trabajar con humildad, a reconocer los errores y a hacer películas interesantes para fortalecer la industria. Y más que fortalecerla, yo creo que lo que le hace falta a la industria del cine español es acabar de nacer, puesto que el sistema actual no me parece demasiado factible a largo plazo.
¿Ideas? A mi parecer, es necesaria la inversión de gente que arriesgue su dinero para hacer películas que gusten al público y que sean susceptibles de ser rentables, y no sólo las televisiones; es necesario que sigan apareciendo nuevos directores para que esta revitalización no acabe en un desierto, hay que confiar en "los nuevos"; es necesario encontrar, invadir, si hace falta, los mercados europeos y estadounidenses: véase el ejemplo de Planet 51, que si de algo peca, es de ser demasiado americana y demasiado poco española; es necesario que el cine español no vuelva a caer en lamentables ejercicios de servilismo político, para evitar provocar el desprecio de parte de la sociedad y al mismo tiempo convertirse en prisioneros de determinadas posiciones o personas; y sobre todo, es necesario gastar mucha pasta en promoción. Y comenzar por los Goya es un buen comienzo. He leído que De la Iglesia, aparte de escenificar la reconciliación de la Academia con Almodóvar, quería traer a gente como Tarantino o Edward James Olmos, pero, oh, la crisis, no lo ha hecho posible. En cualquier caso, esperemos que no se repitan los tiempos en los que los presentadores (e incluso los nominados) de los Goya se pasaban la noche con cara de "estoy aquí porque le debía un favor a alguien". Hay que colocar las películas españolas en letras grandes y en programas gordos, y deshacer la ecuación, acomplejada, de "cine español=bueno=aburrido=no comercial".
¿Y lo del capítulo de Friends? Tras ver la gala, muy reconfortado y optimista ante el futuro, me acordé de cuando Monica tenía miedo de meter la pata en una fiesta familiar y que su madre le dijera que había hecho una "monicada". Entonces, Phoebe le proponía cambiar el significado de "monicada" por el de algo bien hecho. Pues vale, a partir de ahora, propongo cambiar el significado de españolada, esa funesta palabra que aún se arrastra por ahí, por el de "película española que gusta al público y triunfa en mercados nacionales e internacionales". Pues venga, todos a hacer, y a ver, españoladas.
Y perdón por el rollo.
Ya sé que no tiene nada que ver con el tema de hoy, es por desengrasar un poco con una buena canción...
Antes del estreno, el pasado fin de semana, de la película La carretera (The road, John Hillcoat, 2009), el diario El Mundo convocó un concurso de microrrelatos al respecto de esta adaptación cinematográfica del texto de Cormac McCarthy protagonizada por Viggo Mortensen y Charlize Theron. La carretera es la historia de un padre y un hijo en un mundo post-apocalíptico, pero nada se dice sobre las causas de ese apocalipsis. Era pues, tarea de los participantes explicar qué había pasado con el mundo justo antes del comienzo del libro, en tan solo 1000 caracteres y con entradas para el preestreno como premio, junto a la bibliografía del autor. Como quiera que el concurso ya ha finalizado y no he ganado, aquí os dejo mi participación. Espero que os guste:
Enero de 2010. Él llegó, como cada día, cansado del trabajo. Estaba deseando volver a casa. Se sentía sofocado. Había dado varias vueltas hasta poder aparcar, y nada más entrar, notó que la calefacción estaba otra vez demasiado alta. Tras quitarse el abrigo, fue directo al cuarto de baño. Encendió la luz y abrió los dos grifos de la bañera hasta que salió un enorme chorro de agua. Salió, y, tras encender la luz, se sentó en el sofá de la sala. Se quitó el jersey y puso la tele. Las noticias ya habían empezado.
-Según el último análisis de las más prestigiosas universidades europeas y norteamericanas, la salud de nuestro planeta corre serio peligro si no se toman las medidas oportunas para evitarlo, tales como…
Malhumorado, apagó el televisor, mascullando mientras se dirigía a la cocina a rebuscar en la nevera algo para cenar mientras se llenaba la bañera.
-¡Siempre igual! ¡Como si no tuviéramos bastante con lo nuestro! Bueno, que lo solucionen los políticos, ese no es mi problema…
En fin, c'est tout. Amenazo con publicar aquí alguna cosa más de las que se me han ido ocurriendo a lo largo de mi existencia cuando no se me ocurra nada mejor para actualizar este serial. ¡Feliz lectura!
Después de ver la nueva versión de Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009), que podría ser una novela de Conan Doyle protagonizada por Terence Hill y Bud Spencer, la primera reflexión que me vino a la cabeza es, cómo en los últimos, digamos, treinta años, escritores y cineastas se han dedicado a buscarles las cosquillas a seres que se habían convertido en mitos dentro de la psicología colectiva. Me explico: en los últimos siglos, la literatura nos ha puesto en bandeja innombrables héroes, reales e inventados, cuyas historias pasaron primero de padres e hijos para después convertirse en libro y más tarde en película, siempre reproduciendo con fidelidad sus hazañas y su intachable catadura moral. Hasta que, en la segunda mitad del siglo XX, supongo que por sucesos como la II Guerra Mundial, el Muro de Berlín, Vietnam, etc., la sociedad en general perdió en cierta forma el interés por ese halo de perfección y se les han buscado las vueltas, humanizándolos hasta el extremo. Y esa humanización les ha dotado de nueva vigencia y los ha hecho cercanos, sí, pero también les ha quitado la gracia.
Ejemplos: los viejos cuentos infantiles. Versiones de Caperucita en las que el leñador ya no mata al lobo, porque éste ni siquiera se ha comido a la abuelita, muestra de la corrección político-social que nos inunda; o versiones más ilustres del mismo cuento, como Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite, y Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dahl. Ni los modernos superhéroes de comic se libran de pasar por el gabinete del psiquiatra para convertirse en personas acomplejadas, temerosas, con múltiples personalidades y todo tipo de dudas morales, como se ve en cualquiera de las películas basadas en el universo Marvel de los últimos diez años. En el cine, se nos ha presentado al Rey Arturo como una suerte de general romano y a Ginebra como una especie de amazona salvaje, mientras que Ridley Scott y Russell Crowe preparan un Robin Hood seguramente menos bucólico y alegre que los de Errol Flynn y Kevin Costner, o, por obra y gracia (mucha) de Shrek, veíamos a Blancanieves y Cenicienta como dos niñas pijas que saben artes marciales. Incluso arquetipos míticos modernos como James Bond o Indiana Jones se han transformado últimamente en un brutote vengador y en un marido y padre de familia, respectivamente.
Y mientras, una y otra vez, se rehacen los viejos mitos, que, sea como fuere, tienen la pervivencia segura, me pregunto si en la actualidad no estamos algo carentes de mitos modernos que legar a las futuras generaciones (suponiendo que las haya), ocupados como estamos en crisis económicas, guerras fratricidas y la destrucción paulatina del suelo que pisamos. El auge del videojuego y la ficción televisiva nos traen nuevos héroes, sucios y con las manos ensangrentadas, en su mayoría, alejados ya de la pátina de esplendor que tienen los mitos clásicos. Es cierto que ningún artista que se precie crearía un personaje con el objetivo último de que este se convierta en un recuerdo inmortal, pero la inmediatez y voracidad del mundo posmoderno tampoco facilita que un nuevo héroe o heroína se pose en la memoria más de lo que tarda en aparecer el siguiente. ¿Se hablará dentro de cien años de Naruto, de Snake Solid, de Benjamin Linus o de Lisbeth Salander? No lo vamos a poder comprobar, pero supongo que algo quedará...
¡A vivir, que son dos días!
Son los tiempos modernos que nos toca vivir Se aplazó el sueño eterno, es mejor no reír Se hacen ferias de muestras de la modernidad A los cuentos de niños se les cambia el final. La Mode. Tiempos modernos.
Hola, criaturas: De los presentes, el que más y el que menos ha sido niño, ¿verdad? Y, como a casi todos los niños, habrá habido algún monstruo que nos haya perturbado el sueño, generalmente procedente de algún cuento malintencionado ideado por los adultos y su perverso mundo para que los niños se comporten, o de alguna película vista a deshora y a destiempo.
Con el tiempo, el hombre del saco y el monstruo del armario desaparecen y son oportunamente cambiados por otros seres malignos que en nuestra imaginación existen sólo para amargarnos a nosotros, como los impuestos, el jefe o la ex. Y es en ese momento cuando necesitamos otros monstruos que nos vuelvan a acercar a nuestra infancia, que ahora sabemos inexistentes e inofensivos.
Así que nos vamos al cine a buscarlos. Y los monstruos que nos econtramos, creados por y para adultos, nos asustan lo justo, porque a estas alturas tenemos todos el culo pelao de sustos más gordos, pero, y ahí está lo realmente terrorífico de ellos, si rascamos la superficie, podemos vernos reflejados, como individuos y como grupo.
Recientemente se ha estrenado Donde viven los monstruos (Where the wild things are, Spike Jonze, 2009), película en la que un niño castigado por su madre, resuelve su frustración refugiándose en un mundo habitado por seres de aspecto grotesco que, sin embargo, en lugar de comérselo, como sería propio de su condición, le nombran rey.
En El bosque (The village, M. Night Shyamalan, 2004), los monstruos que aterrorizan a los habitantes de un pueblo son producto del miedo de sus habitantes a afrontar un mundo para el que temen no estar preparados. En un caso de necesidad extrema, será, paradójicamente, una joven ciega la única que reuna el valor para desafiar a los monstruos y a lo prohibido por una sociedad pacata y autodestructiva.
Por no extenderme más, pondré un último ejemplo: The host (Gwoemul, Joon Ho-Bong, 2006), película coreana en la que un hombre fracasado, perezoso y desapegado de su familia supera sus limitaciones y recupera sus lazos para salvar a su hija.
No hablaré de otros monstruos como Shrek o Monstruos S.A., por estar creados para un público menos adulto, y porque lo interesante de verdad es cómo, para espantar a nuestros propios ogros (incomunicación, miedo, frustración, soledad, desarraigo) echamos mano de bichos de todas las formas y tamaños que no hacen sino ocultar que, en realidad, el monstruo somos nosotros.